JAQUE AL REY Y LA RIDÍCULA IDEA DE VOLVER A ESCRIBIR

En febrero de 2019 llevaba cuatro años sin escribir. 

Y leer… leer no leía demasiado. Ese fue el periodo más largo de mi vida en el que estuve alejada de los libros. Yo, que siempre escribí cuentos, historias de todas las longitudes, diarios y era aficionada a enviar mis opiniones a las revistas dominicales (sí, esto suena mucho a niña repipi), me dejé arrastrar por lo que pensaba que era la vida adulta: trabajo, trabajo, recuperarme el fin de semana y el lunes, a la oficina otra vez. 

También intenté emprender, pero esa es otra historia que ya os contaré. 

El caso es que cuando sentía que mi vida iba tal que así: 

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Hice una cosa inteligente (y que os recomiendo): me cogí dos días random de vacaciones. Así, a lo loco. Apagué el ordenador y salí a pasear a la calle.

Fue entonces, mientras disfrutaba de mi desconexión y de un paseo por la Castellana hacia una librería de segunda mano cerca de Atocha, cuando surgió la primera semillita de Jaque al rey. 

Hacía tiempo que la idea de volver a escribir me rondaba por la cabeza pero ¿sobre qué? ¿Qué podría yo contar? y ¿a quién iba a interesarle? Tenía claro que no quería una historia de amor, mejor decantarme por el misterio, por el enredo, por los quebraderos de cabeza que suponen un desafío para el lector y que siempre me divirtió inventar.

¿Quién sería mi protagonista?

Entonces, entre tanto chico trajeado y tanto runner por la Castellana, apareció el personaje de Diego, un abogado joven y exitoso que tiene que enfrentarse al caso de su vida. 

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Pero no quería escribir otra novela de abogados, ni emular a John Grisham. Quería algo diferente, algo original ¿pero qué? Después de un par de kilómetros dando vueltas (a las ideas y a la cuesta de Moyano), se me ocurrió. La idea feliz, la bombilla que se enciende, la manzana que te cae en el cogote: un ciberataque. 

Pero a ver, pensé, ¿qué pinta un abogado en medio de un ciberataque?

El reto de averiguarlo me enganchó.

Terminé la tarde sentada en Las Columnas de Recoletos (si no lo conocéis os lo recomiendo), escuchando Sunrise de Norah Jones de fondo y con mis bolis de colores desparramados por la mesa. Parece que me lo invento pero no, fue así. En el bolso llevaba un cuaderno rojo en el que garabateé las ideas que luego formarían parte de la escaleta, cuyo nombre – y utilidad – entonces desconocía.

Y aquí la prueba: mi cuaderno. 

Como veréis, cero glamuroso.

No podía ni imaginarme en ese momento, todo lo que pasaría después. Y cuando digo todo, es TODO. Unas semanas más tarde llegó la pandemia. 

Ya no había excusa para no escribir.

Durante el confinamiento decidí ocupar el tiempo que ahorraba en el metro de camino a la oficina y también los fines de semana, que se hacían eternos viendo el sol desde la ventana, y dedicarlo a escribir. La novela suponía un divertimento para mí, para mis padres, que iban leyendo los primeros capítulos con emoción, y para mi novio y algunos amigos. 

En las cañas virtuales comentábamos. Y entonces, llegó el momento de elegir el título…

Te lo cuento en el próximo post…

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